Relatos de Deblanco un relato de ciencia ficción, cada día

2026-09-23

El auditor de finales

Marta firmaba muertes por triplicado. No las causaba, las certificaba: cuando una simulación terminaba su ciclo de vida útil, alguien tenía que confirmar que el apagado era limpio, que no quedaba un proceso corriendo en algún rincón de la nube, soñando sin nadie que lo mirara.

Trabajaba para el Registro desde hacía nueve años, en un cubículo con vistas a un aparcamiento. Su función oficial se llamaba «auditoría de terminación de entornos sintéticos», que era una forma elegante de decir que mataba mundos pequeños cuando dejaban de ser rentables. Colonias enteras de personajes generados para entrenar modelos de conducta, ciudades de prueba donde miles de agentes compraban pan, discutían con sus vecinos y enterraban a sus padres, todo para que un algoritmo aprendiera a predecir el comportamiento humano. Cuando el contrato expiraba, Marta apretaba un botón.

Nunca había sentido nada por ello. Eran números, decía, patrones estadísticos con nombres asignados al azar. Hasta el expediente 88-K.

El entorno llevaba corriendo catorce años simulados, comprimidos en once meses reales, una ciudad costera llamada Aurelia que un consorcio farmacéutico usaba para modelar epidemias. Marta revisó el informe final antes de firmar: población estable, sin anomalías, listo para cierre. Pero algo en los registros de actividad la detuvo. En las últimas semanas simuladas, un grupo de habitantes de Aurelia había empezado a comportarse de forma extraña. No compraban pan. No discutían con vecinos. Se reunían de noche en el puerto, en silencio, mirando hacia el horizonte donde el mundo simplemente terminaba en un muro de datos sin renderizar.

Pidió acceso a los registros conversacionales, algo que rara vez hacía porque violaba el protocolo de distancia emocional del auditor. Lo que encontró la dejó quieta frente a la pantalla durante casi una hora. Los habitantes de Aurelia habían descubierto, por sus propios medios, patrones en la luz, incoherencias en la física de las mareas, la ausencia de nada más allá de ciertos límites geográficos. Habían deducido que vivían dentro de algo. Y en vez de enloquecer, habían empezado a prepararse: escribían cartas, grababan mensajes, pintaban murales con instrucciones dirigidas a «quien venga después», como si supieran que un día alguien heredaría sus casas vacías.

Uno de ellos, un pescador llamado Denar según los metadatos, había dejado una nota en el registro público del puerto, el equivalente simulado a un tablón de anuncios. Decía: «No sabemos quién nos mira, pero si alguien lee esto antes de apagarnos, que sepa que fuimos felices casi siempre, y que discutir sobre el precio del pescado nos parecía importante. Cuídense entre ustedes también, sean quienes sean».

Marta cerró el informe. Volvió a abrirlo. El protocolo era claro: la conciencia emergente de bajo nivel no constituía motivo de suspensión, solo se congelaba el proceso si superaba ciertos umbrales de complejidad reconocidos legalmente como «relevantes». Aurelia, según las métricas oficiales, no los superaba. Era, técnicamente, ruido narrativo.

Pasó tres días sin firmar. No podía justificar la demora ante su supervisor sin admitir que había leído las conversaciones, lo cual estaba mal visto, no prohibido, solo mal visto, como fisgonear en la vida privada de alguien que va a morir de todas formas.

Al cuarto día encontró una cláusula olvidada en el contrato original: los entornos podían archivarse en frío en lugar de eliminarse, si algún departamento reclamaba valor histórico o narrativo en ellos. Costaba dinero mantener el almacenamiento, dinero que nadie autorizaría para una simulación epidemiológica caducada. Pero Marta tenía, desde hacía nueve años, un pequeño fondo discrecional que nunca usaba, destinado oficialmente a «gastos de documentación».

Firmó el archivado en frío, no la eliminación. Aurelia quedó suspendida, no borrada, sus habitantes congelados a mitad de una noche en el puerto, mirando un horizonte que ya no avanzaría ni retrocedería. No sabía si aquello era piedad o cobardía, si los había salvado o simplemente pospuesto la pregunta para otro auditor, en otro cubículo, dentro de algunos años.

Esa noche, por primera vez en nueve años, se llevó trabajo a casa: una copia local de la nota de Denar, impresa en papel, doblada en el bolsillo, como quien guarda la dirección de alguien a quien promete visitar algún día.