Relatos de Deblanco un relato de ciencia ficción, cada día

Relato de hoy · 2026-09-24

El mercado de las horas muertas

Dolores tenía setenta y ocho años y vendía su aburrimiento tres veces por semana. Se sentaba en la mecedora junto a la ventana, se ponía la pulsera color hueso que le había regalado la clínica del barrio y dejaba que pasaran las tardes sin hacer nada: sin radio, sin visitas, sin más compañía que el gorrión que picoteaba las migas del alféizar. La pulsera medía el tedio —ese estado neuronal exacto, sin ansiedad ni tristeza, solo el vacío liso de una hora que no espera nada— y lo empaquetaba en paquetes de veinte minutos que subía a Horas Muertas, el mercado donde la gente con demasiada prisa compraba calma ajena.

El sistema era simple, le explicó el técnico el primer día. Ella exportaba su aburrimiento; alguien, al otro lado, lo importaba a través de un parche en la nuca y sentía, durante veinte minutos, la misma quietud sin urgencia que ella sentía mirando el gorrión. No sabía quién compraba sus horas. El mercado era anónimo, decían, para proteger a ambas partes: a los vendedores de la lástima, a los compradores de la vergüenza.

Lo que sí sabía Dolores era que su nieto Mateo trabajaba en la central de emergencias, turnos de doce horas, tres cafés antes del mediodía, y que llevaba meses sin dormir del tirón. Una vez, en la única cena que compartieron ese trimestre, él se frotó los ojos y dijo que daría lo que fuera por una hora de no pensar en nada. Ella no le contó lo de la pulsera. Pero desde entonces, cada vez que configuraba sus preferencias de venta, marcaba la casilla de "destinatarios en sectores de alta exigencia" y se preguntaba si el algoritmo, en algún cruce estadístico, terminaría llevando su tedio hasta él.

Cada venta terminaba con un aviso: un timbre suave, como una cucharilla contra un vaso, que sonaba en su muñeca y le decía cuántas horas había colocado esa tarde. Dolores había empezado a esperar ese sonido con una ilusión que no sabía nombrar del todo. Imaginaba a Mateo en la sala de control, con los auriculares puestos, sintiendo de pronto que el mundo dejaba de urgirle durante veinte minutos, sin saber por qué, sin saber que era ella quien se lo prestaba.

La revisión de rutina llegó en otoño. El médico de la clínica, un hombre joven que hablaba mirando la pantalla más que a ella, le mostró una gráfica: sus biomarcadores de estrés oxidativo habían subido de forma discreta pero sostenida, correlacionados —dijo la palabra con cuidado, como quien no quiere asustar— con el volumen de horas exportadas. La pulsera no transmitía solo una señal, añadió; transmitía un residuo hormonal real, una huella química que el cuerpo del vendedor tenía que reponer. Reponerla costaba algo. No mucho, en cada sesión. Pero sumado, con los años, envejecía un poco más rápido de lo que habría envejecido quieta en su mecedora sin vender nada.

Dolores escuchó la explicación completa antes de preguntar cuánto era "un poco más rápido". El médico dudó, y luego dijo una cifra en meses que ella prefirió no memorizar. Le preguntó si quería reducir el ritmo de ventas. Ella miró la pulsera, pálida contra su muñeca, y pensó en Mateo dormido —o no— en algún punto de la ciudad.

No firmó ninguna reducción. Sabía, con la claridad seca de quien ha dejado atrás las dudas grandes, que llevaba años dando cosas sin que nadie se las pidiera: tiempo, paciencia, la casa donde se habían criado sus hijos. Esto no era distinto, solo tenía nombre y gráfica. Prefería envejecer un poco más deprisa regalando calma que envejecer despacio guardándola para nadie.

Esa tarde volvió a la mecedora, se puso la pulsera y dejó que pasaran veinte minutos sin nada dentro. El gorrión llegó puntual. Cuando sonó el timbre, suave, como una cucharilla contra un vaso, Dolores cerró los ojos y no se preguntó, por primera vez, si sería él quien lo recibía. Prefirió simplemente creer que sí, y quedarse un rato más con esa certeza inventada, que no pesaba nada y lo valía todo.