Relatos de Deblanco un relato de ciencia ficción, cada día

2026-09-19

Lote 47

Ernesto descubrió la Casa Almoneda por accidente, un jueves de quimioterapia en que salió del hospital sin ganas de volver a un piso vacío. El cartel decía RECUERDOS DE PROCEDENCIA VERIFICADA, y bajo la luz ámbar del escaparate, entre pujas silenciosas proyectadas en el cristal, entendió por fin a qué se dedicaba aquel edificio sin ventanas del que tanto hablaban en la oficina: compraban y vendían los últimos recuerdos de quienes iban a morir. Extracción neuronal terminal, lo llamaban. Una manera de que la gente dejara algo más que un cuerpo.

Entró por curiosidad y se quedó por necesidad. Los recuerdos se vendían por lotes, catalogados según intensidad emocional y nitidez sensorial, y podían revivirse en cabinas forradas de fieltro donde uno cerraba los ojos y, durante minutos, era otra persona en otro cuerpo, viviendo su último instante. Algunos compradores buscaban el vértigo de morir sin morir. Otros, como pronto sería Ernesto, buscaban consuelo: pruebas de que el final podía no doler.

El Lote 47 estaba mal etiquetado, o eso pensó el tasador que se lo vendió casi regalado: «donante anónimo, categoría prospectiva, sin verificar». Nadie pujaba por algo sin garantías. Ernesto sí, porque el precio era una broma y porque, en el fondo, cualquier recuerdo de una muerte tranquila valía más que el suyo propio, que llevaba semanas imaginando con demasiado detalle.

Dentro del Lote 47 había una habitación con las cortinas a medio correr, olor a naranjas maduras en un cuenco, voces de familiares que reían bajito para no molestar y, por la ventana, un jardín que alguien regaba sin prisa. No había miedo. Había una mano —la suya, la del que moría— descansando sobre una sábana fresca, y una sensación de haber terminado algo, no de perderlo. Ernesto volvió a la cabina esa semana tres veces. Después, cada vez que el hospital le daba malas noticias, iba a morir un rato en aquella habitación ajena para poder seguir viviendo en la suya.

Fue en la cuarta o quinta visita cuando reparó en la mano. Un lunar irregular junto al nudillo del pulgar, y debajo, apenas visible, la cicatriz fina de una caída de bicicleta a los nueve años. La misma cicatriz que él tenía. Se dijo que era coincidencia, que las manos ajadas se parecen todas, pero volvió a mirar, y volvió a mirar, hasta que dejó de poder decírselo.

Preguntó en recepción por el origen del lote. La empleada, incómoda, le explicó lo que la letra pequeña de los nuevos contratos oncológicos llevaba meses permitiendo: los escáneres neuronales de seguimiento, los mismos que le habían puesto para abaratar el tratamiento, no solo registraban el presente del paciente. Un algoritmo entrenado con millones de historiales podía proyectar, con una fiabilidad cada vez mayor, la experiencia subjetiva más probable de sus últimos minutos, y venderla ya, con años de antelación, como «recuerdo prospectivo» anónimo, antes de que el paciente hubiera vivido un solo segundo de ella. Él había firmado el consentimiento sin leerlo entero, aliviado por el descuento.

Ernesto se quedó de pie en el vestíbulo, entendiendo que había pagado por recordar su propia muerte antes de tenerla, que un desconocido, en algún momento, podría haber pujado por ella también, y que el jardín, las naranjas, la mano en calma no eran un consuelo prestado sino una fotografía adelantada de lo que le esperaba, ya cobrada, ya archivada, ya suya y de cualquiera con crédito suficiente.

No pidió que le devolvieran el dinero. Volvió a la cabina esa misma tarde, cerró los ojos y dejó que la habitación con las cortinas a medio correr lo envolviera otra vez, ahora sabiendo de quién era. Cuando salió, por primera vez desde el diagnóstico, no sintió miedo. Sintió, sobre todo, la extraña mansedumbre de quien ha leído el final de su propio libro y ha decidido, aun así, seguir pasando las páginas.